Dylan siempre Dylan. Por qué no. No es el que más escucho, mentiría. Pero regreso a él cuando las aguas me llegan hasta el cuello. Me identifico plenamente con él. Con su pelo, con la forma en que cambia la melodía de sus canciones, con su eterna incomodidad frente a un mundo que a veces es demasiado predecible. Hace poco, al releer sus crónicas, recibí un golpe bajo: “I did everything fast. Thought fast, ate fast, talked fast, and walked fast. I even sang my songs fast. I needed to slow my mind down if I was going to be a composer with anything to say”. Tengo que detenerme si realmente quiero decir algo importante.
En 1965 D.A. Pennbaker siguió a Dylan durante su visita a Inglaterra. El resultado es el documental Don´t Look Back. Roger Ebert, critico de cine, escribió su opinión sobre Dylan: “He is immature, petty, vindictive, lacking a sense of humor, overly impressed with his own importance and not very bright”. Cierto. Es decepcionante ver a Dylan comportarse de forma tan infantil. Además, la música en el documental es casi nula.
La música siempre la música. Bob se salva por una escena: Dylan en un cuarto de hotel rodeado de gente. Donovan, la aparente respuesta de Dylan en el Reino Unido, esta detrás de él. Alguien dice “qué cante Donovan”. Parece que todos quieren mostrarle a Bob que en ese lado del mundo hay música. Nadie entiende a Dylan. Donovan toma la guitarra y toca una canción. Dylan dice “nadie quiere escuchar a Donovan”. Donovan vs. Dylan. Dylan le arrebata la guitarra a Donovan. Donovan se niega. Forcejean. Dylan toca. Donovan fuma. Donovan quiere desaparecer. El mundo desaparece en dos canciones.
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